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“ZAPATERO A SUS ZAPATOS”

Dicen las Escrituras Bíblicas en Mateos 7:16  “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?”

 

Yo pregunto, ¿el hijo o hija de un perro y una perra puede ser un sapo?

 

Dos jirafas no hacen pareja. Dos osos, tampoco. No pueden aparearse. Para ello tendrían que ser de distinto sexo y de la misma especie. Son cosas de la zoología. No es producto de la cultura hitita, fenicia, maya, católica o musulmana. Por supuesto, tampoco es un invento de la Iglesia Cristiana Evangélica. Muchos siglos antes de que Jesús naciera en Israel, el Derecho Romano reconocía el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. Después ellos se divertían con efebos, que para eso estaban, para el disfrute. La esposa era para tener hijos.

La palabra matrimonio procede de dos palabras romanas: “matris” y “munio”. La primera significa “madre”, la segunda “defensa”. El matrimonio es la defensa, el amparo, la protección de la mujer que es madre, el mayor y más sublime oficio humano.

Cada palabra tiene su significado propio. Una compraventa gratuita no es una compraventa, sino una donación. Y una enfiteusis por cinco años no es una enfiteusis, sino un arriendo vulgar.

Llamar matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo me parece poco serio. Jurídicamente, un disparate. De carcajada. Que le llamen “homomonio”, “chulimonio”, “seximonio”, lo que quieran, todo menos Matrimonio, que ya está inventado hace tiempo. Nadie llama tarta de manzana a la que está hecha de peras.

Lo curioso es que cuando dices cosas como estas, algunos te miran como extrañados de que no reconozcas la libertad de las personas. Y por más que les digo que sí, que respeto la libertad de todos, que cada uno puede vivir con quien quiera, incluso con su perro, pero que eso no es un matrimonio, van y me llaman intolerante, discriminativo.

No sé lo que harán los parlamentarios argentinos a la hora de votar. Son políticos, no juristas. Votarán por razones políticas, no según Derecho. Las consecuencias son graves. Si un varón tiene derecho a casarse con otro varón y una mujer a hacerlo con otra mujer, ¿le vas a negar el derecho a un hermano a casarse con su propia hermana? ¿O a un padre a hacerlo con su hija? ¿No tienen el mismo derecho? La sociedad se quiebra. Huele a podrido. Como en Dinamarca.

Cuando la profe le preguntó a Pablito cómo se llamaba su madre, el niño contestó:    

“Mi mamá se llama Ramón” Señorita.   

 

Pr. Raúl Eduardo Aranda

EL EMBAJADOR DE CRISTO

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